Eran las 5 de la tarde y aún no había ido por su traje, tenía el teléfono para la entrega a domicilio pero no quería perder la oportunidad de ver a Rosita, necesitaba terminar el encargo de su mamá y no tenía mucho tiempo. Al final se tuvo que resignar a la idea. Tomó el teléfono, sonó tres veces antes de ser atendido, esperaba la voz rasposa del dueño, aunque contrario a esto, contestó la madre. Ella lo conocía desde pequeño, difería su opinión a la de su esposo, lo consideraba un buen muchacho alejado de problemas aunque un poco vicioso.
Le saludó cariñosamente y Julián de manera educada respondió a las preguntas referentes a su familia y lo que hacía para ganarse la vida. Ella lamentaba mucho lo que le había ocurrido a su padre años atrás, había truncado mucho de lo que podía haber hecho un muchacho con sus ganas. Julián no sabía como cortar la conversación, seguía con prisa y quería perder tiempo para la pachanga de esa noche.
Finalmente ella terminó con la pregunta que él quería escuchar: ¿En qué te puedo ayudar hijo?. En ese momento le mencionó que necesitaba le mandarán su traje. Ella vaciló un poco, mencionó que no estaba su marido ni su hijo, vería si su hija se lo podría llevar o que le esperará a que cerrarán para llevárselo en persona, aprovecharía para platicar un poco con su madre. Al ver que podía encontrarse con Rosita sin la presencia imponente de su padre, mencionó que no se encontraba su madre y que tenía un poco de prisa en tenerlo, ya que estaba por salir. Terminaron la llamada, aunque solo se despidieron con un "deja veo que puedo hacer".
No se pudo concentrar después de la llamada, solo pensaba que podía llegar en cualquier momento Rosita, tendría que cambiarse, estaba sucio y poco presentable, la facha era la menos apropiada para recibirla, tenía pintura en el pantalón y la playera con un agujero. Se dirigió al baño, se lavó los dientes, se echó agua en la cara, no tenía tiempo para quitarse los tres pelos de barba que le salían. Buscaba una playera limpia en su cuarto pero no veía nada que no tuviera alguna mancha de grasa o alguna quemadura, las que encontró limpias eran la del Atlas que le regalaron por error años atrás y su pijama. En ese momento sonó el timbre y por la prisa tomó la pijama a cuadros, corrió a la puerta y sin preguntar quién tocaba la abrió con una sonrisa en la cara.
El Pirulí entró en el momento que vió la puerta abierta, y fiel a su costumbre y su buena amistad, saludó dirigiéndose a la cocina para revisar que podía consumir del refrigerador. Regresó decepcionado y reclamando que no tenía nada para quitarse la sed, que se rifará con un pisto, le dijo que esperaba que ya estuviera listo para irse a la fiesta. Tardó en notar que traía la pijama puesta, le preguntó si se sentía mal o que si no iría al baile. Continuaba hablando sin darle tiempo a Julián a responder, cuando sonó de nueva cuenta el timbre. El Pirulí sintiéndose en casa, estaba por abrir la puerta cuando Julián lo empujó haciéndo que cayera al piso mientras él abría con la mejor cara que tenía.
Rosita se encontraba fuera de su puerta con el traje en la mano.

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